
Esther siguió aquella voz, persiguiendo con ese aliento de una margarita y varios cócteles, atravesando un sendero de nicotina y sudores. Le gustaba esa figura masculina. No le importaba que siempre estuviera rodeado de mujeres.
— ¡Baja la tapa y siéntate!
Escuchó el pasador del sanitario y sintió como sí un tonel de hormonas confluyeran en ese metro cuadrado, un cubículo tatuado con números telefónicos, consignas y dibujos eróticos. El hombre se bajó el cierre y puso coca en la punta de su pene. Un remolino arqueó por la frente de ella pero no se amilanó y abrió la boca para degustar ese trozo de piel, adornado con la nieve de la efervescencia. Se plegó a esa cornucopia fálica hasta que emergieron gotas de satisfacción. El ángel descargó su profecía y desapareció. Un espejo de piedra eran los ojos de Esther. Un apagón bloqueaba su cabeza. Quería vomitar pero las paredes metálicas se derretían entre sus manos. Agotada, intoxicada cayó al lado de la poceta y vio una línea de un graffiti que decía: “yo también tuve veinte años, a nadie le permitiré decir que es la edad más hermosa de la vida” mientras que el brillo de su cuerpo se cristalizaba como una rosa de sal en la frialdad del sanitario.
— ¡Baja la tapa y siéntate!
Escuchó el pasador del sanitario y sintió como sí un tonel de hormonas confluyeran en ese metro cuadrado, un cubículo tatuado con números telefónicos, consignas y dibujos eróticos. El hombre se bajó el cierre y puso coca en la punta de su pene. Un remolino arqueó por la frente de ella pero no se amilanó y abrió la boca para degustar ese trozo de piel, adornado con la nieve de la efervescencia. Se plegó a esa cornucopia fálica hasta que emergieron gotas de satisfacción. El ángel descargó su profecía y desapareció. Un espejo de piedra eran los ojos de Esther. Un apagón bloqueaba su cabeza. Quería vomitar pero las paredes metálicas se derretían entre sus manos. Agotada, intoxicada cayó al lado de la poceta y vio una línea de un graffiti que decía: “yo también tuve veinte años, a nadie le permitiré decir que es la edad más hermosa de la vida” mientras que el brillo de su cuerpo se cristalizaba como una rosa de sal en la frialdad del sanitario.
8 comentarios:
Un relato que no tiene desperdicio. Chapeau!!
Interesante aproximación al minicuento...
¡Saludos por tu blog!
j.
Eres increible. Nunca pares de soñar y de crecer. Tu límite debe estar más allá de este cielo que nos cubre por igual, pero en diferente lugar ...
Menudo mini-relato...me encanta su final. Todas las edades tienen sus pros y sus contras...y ese coqueteo peligroso con las drogas...puede darse en cualquier momento, y puede ser destructivo.
Hola Francisco. Pasaba a saludar. Buen mini cuento, muy al estilo tuyo.
Bye!
:-)
Fran me encanta tu manera de escribir y sobre todo que estes echando pa lante con tu proyecto, Sigue mirando firme hacia la cima, no resbales porque el mundo te lleva. Un beso, Mariale
Muchas veces caemos al lado de una poceta, sin darnos cuenta...y no necesariamente dentro de un baño.
La vida misma nos inspira, ¿o la muerte?
No sé, pero de donde saques tu inspiración o valor o fuerza o amor para escribir, ha sido buena fuente.
Saludos Francisco y espero vernos pronto!
Besos mil.
Anna Bucci
Lo que escribes es basura literaria, copiada y pegada esto es una porqueria adornada.
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