
Una fuerza me atraía hacia ese territorio indómito, más allá de los traslúcidos cristales. Era un mundo nuevo y sudaba. Diría que era el cosquilleo de los conquistadores.
El aterrizaje era inminente. Conseguí girar el timón en un ángulo de (—15°) grados a estribor. Falta poco. Pronto alcanzaría aquella superficie sinuosa, seductora. Entonces, desplegué la barra de contención y millones de átomos salieron expelidos en una ráfaga invisible. El ruido del motor era cada vez más ensordecedor. El número de explosiones se incrementaba. Alarma, alarma, alarma. Ya no podía retroceder. Apliqué los frenos de emergencia. Cerré los ojos e inicié la cuenta regresiva, cinco, cuatro, tres, dos, uno.
Y entonces la besé por primera vez.
1 comentario:
Genial.
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