Una de las mejores canciones de este grupo de rock alternativo
viernes, 5 de enero de 2007
martes, 26 de diciembre de 2006
Discurso de William Faulkner al recibir el Nobel

Siento que este premio me ha sido otorgado, no a mí como persona, sino a mi trabajo: a una vida de trabajo en la agonía y el sudor del espíritu humano, no en procura de gloria y menos aún de dinero, sino de crear, a partir de los materiales del espíritu humano, algo que no existía antes. Por eso, no soy más que un guardián de este premio. A su parte representada en dinero no será difícil encontrarle una destinación acorde con el propósito y el significado que le dan origen. Pero querría hacer lo mismo con el reconocimiento, usando este momento como un pináculo desde donde me escuchen los hombres y las mujeres jóvenes que ya están dedicados a las mismas angustias y tribulaciones que yo, entre quienes está aquel que algún día ocupará el mismo lugar que ocupo ahora.
Nuestra tragedia de hoy es un miedo físico general y universal tan largamente padecido, que a duras penas lo podemos soportar. Ya no quedan problemas del espíritu; tan sólo una pregunta: ¿cuándo seré aniquilado? Es por eso que el hombre o la mujer joven que escribe actualmente ha olvidado los problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo, que solos bastarían para producir buena escritura porque son lo único sobre lo cual vale la pena escribir, lo único que justifica la agonía y el sudor. Debe aprenderlos de nuevo. Debe enseñarse a sí mismo que lo más despreciable de todo es tener miedo; y una vez aprendido, olvidarlo para siempre sin dejar espacio en su taller para nada distinto de las verdades y certezas del corazón, de las verdades universales sin las cuales cualquier relato es efímero y fatal: el amor, el honor, la piedad, el orgullo, la compasión, el sacrificio. Mientras no lo haga, su trabajo está bajo maldición. No escribe sobre amor sino sobre lujuria, sobre derrotas en las que nadie pierde nada valioso, sobre victorias sin esperanza y, lo peor de todo, sin piedad ni compasión. Su dolor no llora sobre fibras universales y no deja huella. No escribe con el corazón; escribe con las glándulas.
Mientras no aprenda estas cosas, escribirá como si estuviera viendo el final del hombre e inmerso en él. Me rehúso a aceptar el fin del hombre. Es demasiado fácil decir que el hombre es inmortal simplemente porque permanecerá; que cuando repique y se desvanezca el último campanazo del Apocalipsis con la última piedra insignificante que cuelgue inmóvil en la agonía del fulgor del último anochecer, que incluso entonces se oirá un sonido: el de su voz débil e inagotable, que seguirá hablando. Me niego a aceptarlo. Creo que el hombre no sólo perdurará, prevalecerá. Es inmortal, no por ser el único entre todas las criaturas que posee una voz inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y sacrificio y fortaleza. El deber del poeta, del escritor, es escribir sobre estas cosas. Tiene el privilegio de ayudar al hombre a resistir aligerándole el corazón, recordándole el coraje, el honor, la esperanza, el orgullo, la compasión, la piedad y el sacrificio que han enaltecido su pasado. La voz del poeta no debe ser solamente el recuerdo del hombre, también puede ser su sostén, el pilar que lo ayude a resistir y a prevalecer.
Nuestra tragedia de hoy es un miedo físico general y universal tan largamente padecido, que a duras penas lo podemos soportar. Ya no quedan problemas del espíritu; tan sólo una pregunta: ¿cuándo seré aniquilado? Es por eso que el hombre o la mujer joven que escribe actualmente ha olvidado los problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo, que solos bastarían para producir buena escritura porque son lo único sobre lo cual vale la pena escribir, lo único que justifica la agonía y el sudor. Debe aprenderlos de nuevo. Debe enseñarse a sí mismo que lo más despreciable de todo es tener miedo; y una vez aprendido, olvidarlo para siempre sin dejar espacio en su taller para nada distinto de las verdades y certezas del corazón, de las verdades universales sin las cuales cualquier relato es efímero y fatal: el amor, el honor, la piedad, el orgullo, la compasión, el sacrificio. Mientras no lo haga, su trabajo está bajo maldición. No escribe sobre amor sino sobre lujuria, sobre derrotas en las que nadie pierde nada valioso, sobre victorias sin esperanza y, lo peor de todo, sin piedad ni compasión. Su dolor no llora sobre fibras universales y no deja huella. No escribe con el corazón; escribe con las glándulas.
Mientras no aprenda estas cosas, escribirá como si estuviera viendo el final del hombre e inmerso en él. Me rehúso a aceptar el fin del hombre. Es demasiado fácil decir que el hombre es inmortal simplemente porque permanecerá; que cuando repique y se desvanezca el último campanazo del Apocalipsis con la última piedra insignificante que cuelgue inmóvil en la agonía del fulgor del último anochecer, que incluso entonces se oirá un sonido: el de su voz débil e inagotable, que seguirá hablando. Me niego a aceptarlo. Creo que el hombre no sólo perdurará, prevalecerá. Es inmortal, no por ser el único entre todas las criaturas que posee una voz inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y sacrificio y fortaleza. El deber del poeta, del escritor, es escribir sobre estas cosas. Tiene el privilegio de ayudar al hombre a resistir aligerándole el corazón, recordándole el coraje, el honor, la esperanza, el orgullo, la compasión, la piedad y el sacrificio que han enaltecido su pasado. La voz del poeta no debe ser solamente el recuerdo del hombre, también puede ser su sostén, el pilar que lo ayude a resistir y a prevalecer.
*Discurso pronunciado el 10 de diciembre de 1950.
jueves, 21 de diciembre de 2006
AJEDREZ DEL AMOR
Aquí yace tu blanca desnudez
cubierta por sábanas a cuadros
y me despoja de mis vestiduras de caballero negro
mellando mi reluciente espada
nuestros cuerpos listos para la batalla milenaria
cabalgo tu valle
y sacrifico mi honor en pos de
Tu centro permanece
indómito a mis ataques
mientras tus piernas se enroscan
a mi cuerpo como serpientes
me muevo con rapidez
para destruir tus defensas
la respuesta calculada y sinuosa
de este combate
Arriba es abajo,
y frenéticas pulsaciones nos sacuden
Tiempo
tiempo
tiempo
prolongamos la agonía y el éxtasis
antes que nuestros cuerpos caigan
otra vez hemos repartidos los puntos
esperando el amanecer
para reanudar la lucha
miércoles, 13 de diciembre de 2006
CONTACTO

Una fuerza me atraía hacia ese territorio indómito, más allá de los traslúcidos cristales. Era un mundo nuevo y sudaba. Diría que era el cosquilleo de los conquistadores.
El aterrizaje era inminente. Conseguí girar el timón en un ángulo de (—15°) grados a estribor. Falta poco. Pronto alcanzaría aquella superficie sinuosa, seductora. Entonces, desplegué la barra de contención y millones de átomos salieron expelidos en una ráfaga invisible. El ruido del motor era cada vez más ensordecedor. El número de explosiones se incrementaba. Alarma, alarma, alarma. Ya no podía retroceder. Apliqué los frenos de emergencia. Cerré los ojos e inicié la cuenta regresiva, cinco, cuatro, tres, dos, uno.
Y entonces la besé por primera vez.
martes, 12 de diciembre de 2006
UNA ROSA DE SAL EN SODOMA CITY

Esther siguió aquella voz, persiguiendo con ese aliento de una margarita y varios cócteles, atravesando un sendero de nicotina y sudores. Le gustaba esa figura masculina. No le importaba que siempre estuviera rodeado de mujeres.
— ¡Baja la tapa y siéntate!
Escuchó el pasador del sanitario y sintió como sí un tonel de hormonas confluyeran en ese metro cuadrado, un cubículo tatuado con números telefónicos, consignas y dibujos eróticos. El hombre se bajó el cierre y puso coca en la punta de su pene. Un remolino arqueó por la frente de ella pero no se amilanó y abrió la boca para degustar ese trozo de piel, adornado con la nieve de la efervescencia. Se plegó a esa cornucopia fálica hasta que emergieron gotas de satisfacción. El ángel descargó su profecía y desapareció. Un espejo de piedra eran los ojos de Esther. Un apagón bloqueaba su cabeza. Quería vomitar pero las paredes metálicas se derretían entre sus manos. Agotada, intoxicada cayó al lado de la poceta y vio una línea de un graffiti que decía: “yo también tuve veinte años, a nadie le permitiré decir que es la edad más hermosa de la vida” mientras que el brillo de su cuerpo se cristalizaba como una rosa de sal en la frialdad del sanitario.
— ¡Baja la tapa y siéntate!
Escuchó el pasador del sanitario y sintió como sí un tonel de hormonas confluyeran en ese metro cuadrado, un cubículo tatuado con números telefónicos, consignas y dibujos eróticos. El hombre se bajó el cierre y puso coca en la punta de su pene. Un remolino arqueó por la frente de ella pero no se amilanó y abrió la boca para degustar ese trozo de piel, adornado con la nieve de la efervescencia. Se plegó a esa cornucopia fálica hasta que emergieron gotas de satisfacción. El ángel descargó su profecía y desapareció. Un espejo de piedra eran los ojos de Esther. Un apagón bloqueaba su cabeza. Quería vomitar pero las paredes metálicas se derretían entre sus manos. Agotada, intoxicada cayó al lado de la poceta y vio una línea de un graffiti que decía: “yo también tuve veinte años, a nadie le permitiré decir que es la edad más hermosa de la vida” mientras que el brillo de su cuerpo se cristalizaba como una rosa de sal en la frialdad del sanitario.
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